Español III. Tercer Grado de Secundaria

Profesor: Tonatiuh Rafael Flores Cárdenas.

"Cuanto más numerosas son las cosas que quedan para aprender, menos tiempo queda para hacerlas." Marcel Prévost (1862-1941).

!Hola Alumnos¡ Este blog fue diseñado para utilizarse como herramienta en el desarrollo de los proyectos de español; en la que estaremos elaborando actividades de acuerdo al proyecto que se este llevando a cabo. Cabe mencionar que es importante el cumplir con todas las actividades que se realicen en este sitio, ya que tendrán un valor en su calificación final del proyecto. Este sitio es meramente educativo, así que se sancionara aquel que se identifique con agresiones o palabras anticonconantes en el blog.

martes, 14 de abril de 2015

AMOR ES MÁS LABERINTO SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Amor es más laberinto
[Teatro. Texto Completo. Acto Primero.]
Sor Juana Inés de la Cruz
Personas que hablan en ella:
  • MINOS, Rey de Creta
  • ARIADNA, Infanta, su hija
  • FEDRA, Infanta, su hija
  • TESEO, Príncipe de Atenas
  • ATÚN, su criado gracioso
  • BACO, Príncipe de Tebas
  • RACIMO, su criado
  • LIDORO, Príncipe de Epiro
  • LICAS, embajador de Atenas
  • TEBANDRO, Capitán de la guarda
  • LAURA, criada de Fedra
  • CINTIA, criada de Ariadna
  • Dos SOLDADOS
  • MÚSICA
  • ACOMPAÑAMIENTO

ACTO PRIMERO

 
Cantan dentro la siguiente copla, y salen ARIADNA y FEDRA, 
Infantas, y LAURA y CINTIA, criadas
CORO 1:           "En la hermosura de Fedra,
               y en la beldad de Arïadna,
               muestra Amor que hay mayorías
               donde no caben ventajas;
               porque de Amor conozcan en las hazañas,
               que sin dejar despojos, consigue palmas."

ARIADNA:       ¿Quién esta música ordena, 
               Cintia?
CINTIA:                ¿Quién puede ordenarla, 
               sino el Príncipe de Epiro 
               y el de Tebas, que con tantas 
               demostraciones os sirven, 
               y en cuestiones cortesanas 
               apurando los discursos, 
               por dar a entender sus ansias, 
               lo que por sí mismos lloran, 
               por ajenas voces cantan?
               Y como sois Fedra y tú, 
               aun más que en la sangre, hermanas 
               en la belleza, os festejan
               con iguales alabanzas, 
               y no como algunos necios, 
               cuya adoración cansada, 
               sólo piensa que a una sirve 
               con lo que a todas agravia.
FEDRA:         Cortesana es la atención;
               mas oye, que otra vez cantan.

CORO 2:        "En el Príncipe Teseo,
               muestra la Fortuna varia
               que puede haber vencimientos,
               sin precederles batalla;
               porque Fortuna ordena que, en sus hazañas,
               haber pueda despojos, sin lograr palmas."

ARIADNA:       ¿Qué es esto? ¿Qué tristes voces, 
               con cláusulas concertadas, 
               parece que contradicen 
               lo que las otras cantaban?

CORO 1:        "Pues cuando forman sus luces 
               competencias soberanas, 
               sin quedar una vencida, 
               quedan victoriosas ambas."

FEDRA:         ¡Oh, qué distintos afectos 
               explican sus consonancias; 
               que aquí cantan lo que penan, 
               y allí penan lo que cantan!

CORO 2:        "Tan infelizmente muere,
               que aun no merecen sus ansias 
               que otro logre por trofeos 
               el fruto de sus desgracias."

ARIADNA:       ¡Qué altivo sentir! ¡Qué bien 
               muestra en tan noble arrogancia, 
               que no merece ser pena, 
               una pena tan hidalga!

CORO 1:        "Porque cuando es el exceso 
               imposible en beldad tanta, 
               recíprocamente vencen
               todo aquello en que se igualan."

FEDRA:         Buena letra; y el estudio 
               es imposible que hallara 
               proposición más atenta 
               ni prueba más ajustada.

CORO 2:        "No siente el héroe la muerte; 
               la afrenta sí, que es infamia 
               que tan bajamente muera 
               quien nació a vida tan alta."

ARIADNA:       Bien dice, porque sin duda 
               que suelen ser, en el alma, 
               más sensibles que el morir, 
               del morir las circunstancias.
ARIADNA Y 
MÚSICA:        "¡Porque Fortuna ordena que en sus hazañas,
               haber pueda despojos, sin lograr palmas!"

FEDRA Y 
MÚSICA:        "Porque de Amor conozcan en las hazañas,
               que sin dejar despojos, consigue palmas!"

ARIADNA:       ¿Cúyas serán estas voces?
LAURA:         Sin duda, como este alcázar, 
               empezando en un palacio, 
               en un laberinto acaba 
               de tan intrincadas vueltas 
               y entretejidas lazadas 
               que el discurso las ignora 
               aunque las toque la planta, 
               pues jamás ha entrado a verlas 
               atención tan desvelada
               a quien no turben las señas 
               de sus indistintas cuadras, 
               porque con tal artificio 
               las dispuso aquella sabia 
               industria de su arquitecto, 
               que, unas con otras trabadas, 
               son unas, y otras parecen; 
               son iguales, y son varias 
               --prueba de esta verdad sea 
               el que, sirviendo su estancia 
               de triste prisión, adonde 
               de tu padre la venganza 
               a los atenienses pone, 
               para que de sangre humana 
               se alimente el Minotauro, 
               monstruo de formas contrarias, 
               no tiene más puerta que 
               su dificultad, por guarda-- 
               y como aqueste año estuvo 
               la Fortuna tan airada 
               contra Atenas, que dispuso 
               que cayese la inhumana 
               suerte en su Príncipe mismo, 
               Teseo; por cuya causa 
               su dolorosa familia, 
               viendo que tu padre trata 
               de entregarlo al fiero monstruo, 
               y que un joven que de tantas 
               prerrogativas el Cielo 
               adornó--y cuando esperaban 
               que a sus bélicos alientos, 
               a sus ínclitas hazañas, 
               cuando no dichosa vida, 
               alta muerte coronara-- 
               hoy es tan triste despojo 
               de la ignominiosa Parca, 
               que el que ayer mandaba un reino 
               sirve a un bruto de vïanda; 
               y execrando la injusticia 
               con que Fortuna le trata, 
               dicen que es, en sus desdichas, 
               sólo de su muerte causa.
LAURA y 
MÚSiCA:        "¡Porque Fortuna ordena que, en sus hazañas,
               haber pueda despojos, sin lograr palmas!"

ARIADNA:       ¡Oh, qué dolor en mi pecho 
               han causado tus palabras!  
               Que le falta la nobleza 
               a quien la piedad le falta.  
               No sé qué atractivo tiene
               lo infeliz para las almas 
               altivas, que sólo el serlo 
               por recomendación basta. 
               ¿Qué mucho, si perfecciona 
               la miseria a la gallarda 
               potencia de la piedad, 
               haciendo que al acto salga?  
               Pues en el más noble pecho, 
               en la condición más blanda, 
               fuera inútil la piedad 
               si faltara la desgracia.
               ¿Y cuándo, Laura, llegó 
               el Príncipe?
LAURA:                      Ayer, con tanta
               majestad, como pudiera 
               quien a coronarse entrara; 
               pero aún no le ha visto el rey, 
               y así es forzoso que haga 
               el Embajador de Atenas 
               la entrega.
FEDRA:                     ¡Suerte inhumana!
CINTIA:        Pero ya tu padre, a quien 
               los Príncipes acompañan, 
               a recibir al cautivo sale aquí.
FEDRA:         Pues, Ariadna, si tú gustas, 
               esperemos a ver una tan extraña 
               maravilla.
ARIADNA:                   Ya obedezco
               tu gusto, no por la causa 
               de ver al preso ateniense 
               a quien los hados maltratan, 
               sino por hablar a Baco, 
               cuya presencia gallarda 
               va en mi pecho a sus finezas 
               asegurando la paga.
FEDRA:         No diré yo de Lidoro
               eso, pues sus tiernas ansias 
               tanto más me desobligan,
               cuanto obligarme más tratan.  
               Y tengo en esto razón, 
               pues demás de ser cansadas, 
               finezas que hace el abuso 
               deberlas sin aceptarlas, 
               con tan grande improporción 
               como querer que en las damas 
               sea preciso el deberlas 
               y voluntario el pagarlas, 
               se ofende mi vanidad, 
               de que quiera su ignorancia, 
               forzándose a ser querida 
               obligarme a ser ingrata.

Salen el rey MINOS, BACO y LIDORO, príncipes, RACIMO, lacayo, y TEBANDRO,
capitán
MINOS:         ¡Hijas!
LIDORO Y
BACO:                    ¡Beldades divinas!
MINOS:         El cariño con que os ama 
               mi amor, no me ha permitido 
               que pueda tener el alma 
               contento, sin que vosotras 
               lo gocéis.
ARIADNA Y
FEDRA:                   Tus reales plantas
               besamos por tal favor.
ARIADNA:       Y después de darte gracias, 
               ¿cuál es el gusto, Señor, 
               a que, con novedad tanta, 
               nos convida tu cariño, 
               y tu prevención nos llama?  
               Pues es cierto que después 
               que mi hermano, en quien estaban 
               de tu reino y de tu amor 
               fundadas las esperanzas, 
               murió de los atenienses 
               a las cautelosas armas, 
               nunca oímos en tu voz, 
               nunca vimos en tu cara
               el semblante sin tristezas, 
               ni sin quejas las palabras.
MINOS:         De lo mismo que refieres, 
               pudieras bien, Arïadna, 
               claramente inferir cuál     
               es de mi gusto la causa; 
               pues el ofendido, sólo 
               cuando se venga descansa.
               Murió en Atenas mi hijo 
               --¡ay, infeliz prenda amada, 
               no el referir me avergüence 
               tu muerte, que no desaira 
               su queja el que la pronuncia 
               a vista de la venganza-- 
               y aunque mi valor pudiera 
               haberle dado a mi saña 
               bastante satisfacción; 
               pues ha tres años que airada, 
               mi justa cólera tuvo 
               a Atenas tan apretada, 
               que después de otros partidos 
               la forcé a que me entregara 
               todos los años por feudo 
               siete doncellas gallardas 
               y siete nobles mancebos, 
               aquellos a quien tocara 
               la suerte entre todo el reino, 
               sin que de entrar en la infausta 
               suerte tuviese ninguno 
               excepción, ni reservada 
               aun la persona estuviese 
               del Príncipe y las Infantas; 
               para cuya ejecución, 
               ministros de confïanza 
               cada año a Atenas envío 
               que echen suertes, y al que salga, 
               fuercen a venir a Creta, 
               donde tengo en las entrañas 
               del Minotauro el sepulcro 
               que mi enojo le señala; 
               y aunque pudieran templar 
               en parte, mi enojo, tantas 
               malogradas juventudes, 
               cuyas vidas desdichadas 
               más que alimento a la fiera, 
               se lo han dado a mi venganza, 
               he quedado satisfecho 
               nunca, que no se restaura 
               con muchas que no lo son, 
               una frente coronada; 
               hasta que hoy, que la Fortuna, 
               para Atenas tan contraria
               cuanto favorable a Creta, 
               hizo que la suerte airada 
               en el Príncipe cayese; 
               porque en iguales balanzas, 
               si fue Príncipe el difunto, 
               lo sea el que satisfaga 
               también por su infeliz muerte, 
               y no quede Atenas vana 
               de tener Príncipe, cuando 
               por su causa, en Creta falta.
               Muera Teseo, y con él 
               mueran de su infame patria 
               las que en su valor tenían 
               bien fundadas esperanzas; 
               que no poco lisonjeo 
               mi enojo, al pensar que acaba 
               toda la vida de un reino 
               reducido a una garganta.
ARIADNA:       Felices edades vivas
               porque vean que no empaña 
               en ti el ardor del acero, 
               la prudencia de las canas.
FEDRA:         Y porque conozca el mundo 
               que vio tu sangre agraviada, 
               que el clamor de aquella sangre, 
               con otra sangre se aplaca.
BACO:          Yo, Señor, quedo corrido, 
               pues con victorias tan altas, 
               le dejáis a mi valor
               que os pueda servir en nada.
LIDORO:        Yo no, pues antes, señor, 
               me dará vuestra enseñanza, 
               para facultad de triunfos 
               tantas lecciones de hazañas.
MINOS:         Cuánto, Príncipes invictos,
               esa voluntad, el alma 
               os estima, no encarezco, 
               hasta que la satisfaga 
               con debida recompensa; 
               que queda muy desairada 
               la deuda que no se dice 
               con las voces de la paga.
BACO:          Gran señor, vuestra promesa 
               por satisfacción me basta; 
               pues quien promete, ya da 
               de contado la esperanza.
MINOS:         Escucha, Tebandro, a solas.
TEBANDRO:      ¿Qué me ordenas?

Hablan en secreto
LIDORO:                        Soberana 
               Fedra, miradme siquiera; 
               y no penséis que mis ansias 
               os lo piden por alivio; 
               que es tan poco interesada 
               mi fineza, que aun tan leve 
               alivio escrupulizara, 
               a no saber que tenéis 
               gusto en mis penas; y para 
               que logréis el gusto, quiero 
               que lo tengáis con mirarlas.
FEDRA:         La intención de darme gusto 
               os estimo, mas se engaña 
               vuestro discurso, si piensa 
               que el veros penar me agrada; 
               que bien puede una mujer 
               que al mor no se avasalla 
               hacer alarde de altiva, 
               sin hacer gala de ingrata.
LIDORO:        Según eso, yo, Señora, 
               podré tener confïanza, 
               no de merecer, que aquesto 
               fuera presunción bastarda, 
               sino de saber que puedo 
               servir, sin que en esto haga 
               ofensa a vuestro decoro; 
               que es alivio para un alma 
               el saber que los servicios, 
               si no merecen, no cansan.
FEDRA:         Valerme, Príncipe, quiero
               de vuestras mismas palabras,
               pues con ellas me excusáis 
               la vergüenza de formarlas; 
               de donde sacar podréis 
               la consecuencia bien clara 
               de que, quien no ofende 
               amando en amar no desagrada.
LIDORO:        Según aqueso, Señora,
               bien pudiera mi esperanza.
FEDRA:         ¿Qué?
LIDORO:           Alentarse a vuestras luces
               feliz...
FEDRA:                No prosigáis, basta; 
               que una cosa es permitirla, 
               y otra cosa es alentarla.
LIDORO:        Grosero anduve; perdón
               os pide mi voz, que errada, 
               esperanza dijo, donde aun 
               no es lícito nombrarla; 
               pero advertid que si tengo 
               alguna, no es tan villana, 
               que atenta a sus conveniencias 
               sólo siga lo que alcanza, 
               sino otra que, negativa, 
               alcanzar espera nada; 
               que hay esperanza que vive 
               de no tener esperanza.
MINOS:         Tebandro, haz que venga luego 
               el Príncipe.

Llégase TEBANDRO al paño y salen TESEO, LICAS,
embajador, y ATÚN, criado de Teseo
LICAS:                      Ya a tus plantas
               tienes al embajador
               de Atenas, cuya desgracia 
               le dio tan infausto cargo 
               y comisión tan extraña, 
               como que por feudo tuyo 
               su mismo Príncipe traiga; 
               acción de tanto dolor,      
               que a haber sido voluntaria, 
               hubiera antes escogido 
               la muerte, que la embajada.
MINOS:         Alza del suelo, que quiero 
               guardarte en todo las sacras 
               exenciones que se deben 
               a embajador.
LICAS:                        Excusadas 
               son tus mercedes, Señor, 
               con quien no puede aceptarlas; 
               que estando el Príncipe aquí, 
               no era razón que gozara 
               honores en su presencia 
               un vasallo; y más con tanta 
               desgracia, como estar él 
               en una suerte tan baja, 
               como la de prisionero, 
               y yo gozando las altas 
               preeminencias de mi cargo.
MINOS:         Discretamente reparas;
               mas haz que llegue Teseo, 
               que aunque de verle la cara 
               tuve nunca la intención, 
               porque es en los reyes gracia 
               dejarse ver, y los reos 
               no es bien lleguen a lograrla, 
               con todo quiero esta vez, 
               incitado de su fama, 
               ver al Príncipe, y saber 
               de su boca sus hazanas, 
               para que mejor se temple 
               lo ardiente de mi venganza, 
               viendo cuán grande es la ofrenda 
               que sacrifico a sus aras.
 
ATÚN:          Por cierto que es el favor, 
               como de su buena cara.
LICAS:         Llegue, Señor, Vuestra Alteza, 
               que el Rey espera.
TESEO:                           ¡Ah, tirana
               Fortuna!  Aquí está, Señor, 
               tu prisionero.
MINOS:                        Repara
               que aunque vienes como reo, 
               mi benignidad te trata 
               este rato como a libre.
ATÚN:          Y también besa tus patas 
               un Atún, que a ser comido 
               viene por concomitancia, 
               si no mandas otra cosa.
ARIADNA:       (¡Qué presencia tan gallarda!     Aparte
               ¡Ay, infeliz! ¡Quién pudiera     
               darle libertad!)
FEDRA:                          (El alma          Aparte
               se me ha enternecido al verle. 
               ¡Quién su libertad comprara, 
               aunque costara mi vida!
MINOS:         Haz, Teseo, de las altas 
               proezas tuyas la suma.
TESEO:         La suma de mis desgracias 
               pudieras decir más bien; 
               mas, pues gustas de escucharlas, 
               atiende.
MINOS:                 Prosigue.
FEDRA:                           (¡El Cielo        Aparte
               te libre!)
ARIADNA:                 (¡El Cielo te valga!)     Aparte
TESEO:         Atiende para que sepas, 
               en dos acciones contrarias 
               en lo vario de una suerte, 
               lo que pierdo y lo que ganas.
 
               ¡Generoso Rey de Creta, 
               a cuyos gloriosos hechos 
               sirven de cortos archivos 
               las bibliotecas del tiempo; 
               glorioso legislador, 
               cuyo acertado gobierno, 
               como da leyes al orbe, 
               dará al abismo preceptos, 
               porque podrá tu justicia, 
               valor, rectitud y celo, 
               introducir la concordia 
               en el mismo desconcierto;     
               cuyas veneradas leyes 
               tendrán padrón tan eterno 
               que estés en su ejecución 
               reinando después de muerto!  
               Yo--aunque ya sabes quién soy-- 
               referir de nuevo quiero 
               mi nombre, por si el olvido 
               le sepulta, que es muy cierto 
               que nadie conoce al que 
               ve en baja fortuna puesto.  
               Yo, pues, el Príncipe soy, 
               que de Atenas heredero, 
               antes pago sus pensiones 
               que gozo de sus imperios.  
               Poco te he dicho en decir 
               que soy príncipe, pues pienso 
               que es más que decir monarca 
               decirte que soy Teseo.
               Y con razón, pues haber 
               nacido príncipe excelso, 
               se lo deberá a la sangre 
               y no a mis merecimientos. 
               Y no he de estimar yo más 
               --aun siendo mi padre mesmo-- 
               aquello que debo a otro, 
               que no lo que a mí me debo.
               Que entre ser príncipe y ser 
               soldado, aunque a todos menos 
               les parezca lo segundo, 
               a lo segundo me atengo; 
               que de un valiente soldado 
               puede hacerse un rey supremo, 
               y de un rey--por serlo--no 
               hacerse un soldado bueno.  
               Lo cual consiste, Señor, 
               si a buena luz lo atendemos, 
               en que no puede adquiriese 
               el valor, como los reinos.  
               Pruébase aquesta verdad, 
               con decir que los primeros 
               que impusieron en el mundo 
               dominio, fueron los hechos, 
               pues, siendo todos los hombres 
               iguales, no hubiera medio
               que pudiera introducir
               la desigualdad que vemos,
               como entre rey y vasallo, 
               como entre noble y plebeyo.  
               Porque pensar que por sí 
               los hombres se sometieron 
               a llevar ajeno yugo 
               y a sufrir extraño freno, 
               si hay causas para pensarlo, 
               no hay razón para creerlo; 
               porque como nació el hombre 
               naturalmente propenso 
               a mandar, sólo forzado 
               se reduce a estar sujeto; 
               y haber de vivir en un 
               voluntario cautiverio, 
               ni el cuerdo lo necesita 
               ni quiere sufrirlo el necio. 
               Aquél, porque en su cordura 
               halla de vivir preceptos, 
               y aquéste, porque le tiene 
               su necedad satisfecho; 
               pues no verás ignorante, 
               en quien el humor soberbio 
               no llene de presunción 
               los vacíos del talento.
               De donde infiero, que sólo 
               fue poderoso el esfuerzo 
               a diferenciar los hombres, 
               que tan iguales nacieron, 
               con tan grande distinción 
               como hacer, siendo unos mesmos, 
               que unos sirvan como esclavos 
               y otros manden como dueños.  
               Luego no será altivez 
               que cuando le debo al Cielo, 
               de nacimiento y valor 
               tan conformes privilegios,
               me precie de mi valor
               más que de mi nacimiento.
               Y porque veas con cuánto 
               fundamento hacerlo puedo, 
               escucha.  Apenas había 
               en mi rostro el primer vello 
               dado las honrosas señas 
               del corazón y del seso, 
               cuando en vez de acompañarme 
               de los pulidos mancebos 
               que en la juventud de Atenas 
               eran de la gala espejos, 
               de Hércules me acompañé; 
               que más quiso mi ardimiento, 
               que preceptores de galas, 
               tener de hazañas maestros.  
               Alcancé en su compañía, 
               entre otros muchos trofeos, 
               el vencer las Amazonas; 
               y no sin causa el primero 
               de todos mis triunfos llamo 
               éste, Señor, porque creo 
               que el vencer a una mujer
               es el mayor vencimiento; 
               porque ¿cómo vencer a 
               un enemigo que a un tiempo 
               aprisiona con la vista 
               y lidia con el acero?
               Y cuando hermosa no sea, 
               basta ser mujer, que el serlo 
               es suficiente ventaja; 
               pues demás de sus alientos, 
               pelean de parte suya, 
               mi lástima y mi respeto.  
               Demás de que es muy difícil, 
               alcanzado ya el trofeo, 
               saber lograrlo con aire, 
               porque es menester un pecho, 
               para conseguir, altivo, 
               y para gozar, modesto; 
               que desluce la victoria 
               el que quiere, desatento, 
               que lo que costó un peligro 
               se logre con un desprecio.  
               Yo en Epidauro privé 
               de la vida al hijo fiero 
               de Vulcano, a quien el vulgo 
               apellidó Corineto.
               Yo di muerte en Maratón 
               al toro, que de tu reino 
               siendo destrucción, pasó 
               a ser de Atenas incendio.  
               A la gran Tebas libré 
               de la opresión de aquel fiero 
               Creonte, cuya impiedad,
               opuesta a todos los fueros 
               humanos, no consentía 
               dar sepultura a los muertos.  
               Maté también a Escirón 
               y a Procusto, bandoleros 
               tan sin piedad, que el segundo 
               en un inhumano lecho, 
               en que astuto recibía 
               los incautos pasajeros, 
               el que era lecho de alivio, 
               hizo potro de tormento; 
               pues, al que grande venía, 
               cortar mandaba al momento 
               toda la cantidad que 
               le sobraba, y al pequeño, 
               con no menor tiranía, 
               mandaba extender los miembros, 
               hasta que los nervios rotos, 
               o descompuestos los huesos, 
               ajustaban la medida 
               que aquel tirano había hecho 
               determinada mensura 
               al tamaño de los cuerpos.  
               No era de Sinis menor 
               la crueldad, con que sangriento 
               bárbaramente abusando 
               de las fuerzas de que el Cielo 
               liberal quiso dotarle, 
               hizo de ellas instrumento 
               para su ofensa mayor 
               --¡oh, humano discurso ciego, 
               qué no intentará tu error!-- 
               pues obligando violento 
               a dos árboles distantes, 
               a que besasen el suelo 
               con las superiores ramas, 
               y atando después en ellos 
               al peregrino, soltaba 
               los árboles; y ellos luego, 
               por cobrar su rectitud, 
               se apartaban con tan presto 
               movimiento que quedando 
               dividido por el medio 
               el cuerpo, ignoraba el alma 
               por algún rato el suceso.
               Mas diole el Cielo el castigo 
               en mi brazo, para ejemplo 
               de que Él que sufre remiso, 
               también castiga severo.
               De las victorias y triunfos 
               que alcancé en el casamiento 
               de mi amigo Piritoo, 
               cuando los centauros fieros, 
               o pervertidos del vino 
               o incitados del deseo,
               quisieron robar su esposa, 
               no me alabo; porque siendo 
               el que es verdadero amigo 
               "yo"--y no "otro yo," porque temo 
               que es llegar a decir "otro," 
               suponer otro sujeto-- 
               y siendo suyo el agravio,     
               es evidente argumento 
               de que también era mío, 
               y que yo reñí con ellos 
               como ofendido y celoso; 
               luego la acción de vencerlos 
               no fue prueba del valor 
               tanto, como del despecho 
               celoso, que no hay alguno 
               cobarde, si tiene celos.
               Por darle gusto a este mismo 
               amigo, que con imperio 
               gobernaba mis acciones 
               tanto como mis afectos, 
               bajando al abismo, quise, 
               a pesar del Cancerbero, 
               robar a Plutón su esposa, 
               que, aunque no logré el intento, 
               no perdí por eso el lauro; 
               que en los casos tan inciertos, 
               conseguir, toca a la dicha, 
               pero intentar, al esfuerzo.
               Pero la mayor victoria
               fue, Señor, que amante tierno 
               de la belleza de Elena, 
               la robé.  No estuvo en esto 
               el valor--aunque el robarla 
               me costó infinitos riesgos-- 
               sino en que, cuando ya estaban 
               a mi voluntad sujetos 
               el premio de su hermosura 
               y el logro de mis deseos 
               de sus lágrimas movido 
               y obligado de sus ruegos 
               la volví a restituir 
               a su Patria y a sus deudos, 
               dejando a mi amor llorando 
               y a mi valor consiguiendo 
               la más difícil victoria, 
               que fue vencerme a mí mesmo.
               Aquéstos, Señor, han sido 
               los prodigios, los portentos 
               que de mí canta la Fama, 
               sin otros que no refiero 
               o porque son muy sabidos 
               o porque yo no me acuerdo; 
               porque como no pensé 
               jamás hacer lista de ellos,
               nunca tuve de contarlos 
               cuidado, sino de hacerlos. 
               Éste he sido, gran Señor; 
               pero ya a tu saña expuesto, 
               sólo me acuerdo de que 
               no soy más de un prisionero.  
               Sirva mi altivez, mi sangre, 
               mis blasones, mis trofeos, 
               de que quedes de tu enojo 
               dignamente satisfecho, 
               y quede libre mi patria 
               de tan doloroso peso 
               como este infeliz tributo; 
               que yo moriré contento, 
               si con mi muerte la libro 
               de tan inhumano feudo.
 
MINOS:            Admirado me ha dejado, 
               mas no me podrá ablandar; 
               haz, Tebandro, ejecutar 
               lo que te tengo mandado. 
                  Venid, Príncipes.
LICAS:                              Atienda,
               Señor, Vuestra Majestad,
               que no es bien que una crueldad 
               tan alto decoro ofenda;
                  y advierta, si de Androgeo 
               quiere la sangre vengar, 
               que no ha de resucitar 
               con la muerte de Teseo.
                  Cuando la condición fiera 
               admitió el reino al rendirse, 
               ¿quién pudiera persuadirse, 
               que en el Príncipe cayera?
                  Cayó en él, ¡fiero rigor!, 
               y él, sin hacer resistencia, 
               fió de vuestra clemencia 
               lo que pudo en su valor.
                  Pues si en armas se pusiera, 
               ¿quién dudará que constantes 
               muriéramos todos, antes 
               que el Príncipe se rindiera?
                  Pero si tan comedida
               su atención, quiso mostrar 
               que estima en más conservar 
               la palabra que la vida,
                  ¿por qué por una venganza, 
               quiere Vuestra Majestad
               pagar con una crueldad, 
               debiendo una confïanza?
                  Perdón os pido postrado, 
               Señor, pues si perdonáis, 
               con perdonarle, quedáis 
               más noblemente vengado;
                  y no sin satisfacción, 
               porque antes, la tendréis doble, 
               que no hay para un hombre noble 
               castigo, como el perdón.
                  Pues--de su error convencido-- 
               vive, siempre avergonzado 
               de verse beneficiado
               de aquel a quien ha ofendido.
                  Haced, pues, Señor, de modo 
               que vida al Príncipe deis, 
               que como a él le perdonéis, 
               disponed del reino todo.
FEDRA:            (Quizá le perdonará               Aparte
               mi padre con lo que ha oído.)
ARIADNA:       (Quizá escogerá un partido,          Aparte
               de los muchos que le da.)
ATÚN:             (¡Que este viejo, por capricho,            Aparte
               se muestre tan enemigo!)
MINOS:         Príncipes, venid conmigo.
               Tebandro, lo dicho, dicho.
BACO:             Ya yo voy. (¡Condición fiera!)      Aparte
LIDORO:        Ya te sigo. (¡Rigor grave!)                   Aparte

Vanse el rey MINO, BACO y LIDORO
ARIADNA:       (¡Oh! ¡Acabe yo, y él no acabe!)  Aparte
FEDRA:         (¡Oh! ¡Muera yo, y él no muera!)  Aparte
RACIMO:           Yo me voy a desquitar
               de lo mucho que he callado, 
               pues he salido al tablado 
               a solamente callar.

Vase RACIMO
TEBANDRO:         Príncipe, afuera a esperaros 
               voy, que querréis con suspiros, 
               de los vuestros despediros, 
               y no quiero embarazaros.

Vase
LICAS:            Esperad, Señor; apenas 
               puedo razones formar. 
               ¿Así se ha de despreciar 
               a un heredero de Atenas? 
                  ¿Con el Príncipe y conmigo 
               se ha de usar tal tiranía? 
               ¡Mal haya aquel que confía 
               en piedad del enemigo!
                  Mas ¿qué me quejo, si medio 
               no hay en penas tan atroces? 
               ¿Ni qué me canso en dar voces, 
               cuando no les doy remedio?  
                  Mas, ¡vive Dios!, Rey injusto, 
               que pues eres su homicida, 
               has de pagar con la vida 
               haber tenido este gusto.  
                  Pues a Atenas mi coraje 
               va, y mi venganza, a alistar 
               soldados, para vengar 
               de su príncipe el ultraje.  
                  Yo voy a que Atenas fuerte 
               castigue a Creta atrevida; 
               y pues no le doy la vida, 
               al menos vengue su muerte. 
                  Príncipe, si a dilatarse 
               llega del Rey la venganza,
               y os libro, la confïanza, 
               con vos ha de coronarse.

Vase
ATÚN:             Gentil alivio, Señor,
               te quiere aqueste hombre dar. 
               Déjese usted ahorcar, 
               que yo quedo por fiador.

Quedan TESEO, FEDRA y ATÚN, LAURA.  ARIADNA
y CINTIA, al paño

LA DAMA BOBA LOPE DE VEGA

La dama boba
[Teatro. Texto Completo. Acto Primero.]
Lope de Vega
Personas que hablan en ella:
  • LISEO, caballero galán
  • TURÍN, lacayo
  • LEANDRO, estudiante
  • OCTAVIO, viejo
  • MISENO, su amigo
  • DUARDO, caballero
  • FENISO, caballero
  • LAURENCIO, caballero galán
  • RUFINO, maestro
  • NISE, dama
  • FINEA, su hermana
  • CELIA, criada
  • CLARA, criada
  • PEDRO, lacayo
  • MÚSICOS

ACTO PRIMERO


Salen LISEO, caballero, y TURÍN, lacayo, 
los dos de camino
LISEO:       ¡Qué lindas posadas!
TURÍN:                         ¡Frescas!
LISEO:    ¿No hay calor?
TURÍN:                    Chinches y ropa
          tienen fama en toda Europa.
LISEO:    ¡Famoso lugar en Illescas!
             No hay en todos los que miras                
          quien le iguale.
TURÍN:                     Aun si supieses
          la causa...
LISEO:                ¿Cuál es?
TURÍN:                      Dos meses
          de guindas y de mentiras.
LISEO:       Como aquí, Turín, se juntan
          de la corte y de Sevilla,                      
          Andalucía y Castilla,
          unos a otros preguntan:
             unos de las Indias cuentan,
          y otros, con discursos largos
          de provisiones y cargos,                       
          cosas que al vulgo alimentan.                
             ¿No tomaste las medidas?
TURÍN:    Una docena tomé.
LISEO:    ¿E imágenes?
TURÍN:                   Con la fe
          que son de España admitidas                   
             por milagrosas en todo
          cuanto en cualquiera ocasión                    
          les pide la devoción
          y el nombre.
LISEO:                 Pues, de ese modo,
             lleguen las postas, y vamos.                
TURÍN:    ¿No has de comer?
LISEO:                   Aguardar
          a que se guise es pensar
          que a media noche llegamos;
             y un desposado, Turín,
          ha de llegar cuando pueda                     
          lucir.
TURÍN:           Muy atrás se queda
          con el repuesto Marín;
             pero yo traigo que comas.
LISEO:    ¿Qué traes?
TURÍN:                 Ya lo verás.
LISEO:    Dilo.
TURÍN:           Guarda.
LISEO:                   Necio estás.              
TURÍN:    ¿De esto, pesadumbre tomas?
LISEO:       Pues ¿para decir lo que es...?
TURÍN:    Hay a quien pesa de oír
          su nombre.  Basta decir
          que tú lo sabrás después.        
LISEO:       ¿Entretiénese la hambre
          con saber qué ha de comer?
TURÍN:    Pues sábete que ha de ser...
LISEO:    ¡Presto!
TURÍN:              Tocino fiambre.
LISEO:       Pues ¿a quién puede pesar         
          de oír nombre tan hidalgo?
          Turín, si me has de dar algo,
          ¿qué cosa me puedes dar
             que tenga igual a ese nombre?
TURÍN:    Esto y una hermosa caja.                     
LISEO:    Dame de queso una raja;
          que nunca el dulce es muy hombre.
TURÍN:       Esas liciones no son
          de galán, ni desposado.
LISEO:    Aún agora no he llegado.                 
TURÍN:    Las damas de corte son
             todas un fino cristal;
          transparentes y divinas.
LISEO:    Turín, las más cristalinas
          comerán.
TURÍN:              ¡Es natural!                     
             Pero esta hermosa Finea
          con quien a casarte vas
          comerá...
LISEO:              Dilo.
TURÍN:                    No más
          de azúcar, maná y jalea.
             Pasaráse una semana                   
          con dos puntos en el aire
          de azúcar.
LISEO:                 ¡Gentil donaire!
TURÍN:    ¿Qué piensas dar a su hermana?
LISEO:       A Nise, su hermana bella,
          una rosa de diamantes,                        
          que así tengan los amantes
          tales firmezas con ella;
             y una cadena también,
          que compite con la rosa.
TURÍN:    Dicen que es también hermosa.            
LISEO:    Mi esposa parece bien;
             si doy crédito a la fama.
          De su hermana poco sé;
          pero basta que me dé 
          lo que más se estima y ama.              
TURÍN:       ¡Bello golpe de dinero!
LISEO:    Son cuarenta mil ducados.
TURÍN:    ¡Bravo dote!
LISEO:                    Si contados
          los llego a ver, como espero.
TURÍN:       De un macho con guarniciones               
          verdes y estribos de palo,
          se apea un hidalgo.
LISEO:                    ¡Malo,
          si la merienda me pones!
 
Sale LEANDRO, estudiante, de camino
LEANDRO:     Huésped, ¿habrá qué comer?
LISEO:    Seáis, señor, bien llegado.        
LEANDRO:  Y vos en la misma hallado.
LISEO:    ¿A Madrid...?
LEANDRO:               Dejéle ayer,
             cansado de no salir
          con pretensiones cansadas.
LISEO:    Esas van adjetivadas                          
          con esperar y sufrir.
             Holgara, por ir con vos
          lleváramos un camino...
LEANDRO:  Si vais a lo que imagino,
          nunca lo permita Dios.                       
LISEO:       No llevo qué pretender;
          a negocios hechos voy.
          ¿Sois de ese lugar?
LEANDRO:                 Sí, soy.
LISEO:    Luego podéis conocer
             la persona que os nombrare.                
LEANDRO:  Es Madrid una talega
          de piezas, donde se anega
          cuanto su máquina pare.
             Los reyes, roques y arfiles
          conocidas casas tienen;                       
          los demás que van y vienen
          son como peones viles;
             todo es allí confusión.
LISEO:    No es Octavio pieza vil,.
LEANDRO:  Si es quien yo pienso, es arfil,              
          y pieza de estimación.
LISEO:       Quien yo digo es padre noble
          de dos hijas.
LEANDRO;                Ya sé quién;
          pero dijérades bien
          que de una palma y de un roble.               
LISEO:       ¿Cómo?
LEANDRO;            Que entrambas lo son;
          pues Nise bella es la palma;
          Finea, un roble sin alma
          y discurso de razón.
             Nise es mujer tan discreta,                
          sabia, gallarda, entendida,
          cuanto Finea encogida,
          boba, indigna e imperfeta.
             Y aun pienso que oí tratar
          que la casaban...
 
Habla LISEO a TURÍN
LISEO:                    ¿No escuchas?             
LEANDRO:  Verdad es que no habrá muchas
          que la puedan igualar
             en el riquísimo dote;
          mas ¡ay de aquel desdichado
          que espera una bestia al lado!                
          Pues más de algún marquesote
             a codicia del dinero,
          pretende la bobería
          de esta dama, y a porfía
          hacen su calle terrero.                       
 
A TURÍN
LISEO:       Yo llevo lindo concierto.
          ¡A gentiles vistas voy!
TURÍN:    Disimula.
LISEO:                 Tal estoy
          que apenas a hablar acierto.
             En fin, señor, ¿Nise es bella    
          y discreta?...
LEANDRO:                  Es celebrada
          por única, y deseada
          por las partes que hay en ella
             de gente muy principal.
LISEO:    ¿Tan necia es Finea?                      
LEANDRO:  Mucho sentís que lo sea.
LISEO:    Contemplo, de sangre igual,
             dos cosas tan desiguales...
          Mas ¿cómo en dote lo son:
          Que, hermanas, fuera razón              
          que los tuvieran iguales. 
LEANDRO:     Oigo decir que un hermano
          de su padre la dejó
          esta hacienda, porque vio
          que sin ella fuera en vano                    
             casarla con hombre igual
          a su noble nacimiento,
          supliendo el entendimiento
          con el oro.
LISEO:                  Él hizo mal.
LEANDRO:     ¡Antes bien!, porque con esto          
          tan discreta vendrá a ser
          como Nise.
TURÍN;                ¿Has de comer?
LISEO:    Ponme lo que dices, presto.
             Aunque ya puedo excusallo.
LEANDRO:  ¿Mandáis, señor, otra cosa?       
LISEO:    Serviros.  (¡Qué linda esposa!)        Aparte
 
Vase LEANDRO
TURÍN:    ¿Qué haremos?
LISEO:                  Ponte a caballo
             que ya no quiero comer.
TURÍN:    No te aflijas, pues no es hecho.
LISEO:    Que me ha de matar, sospecho,                 
          si es necia y propia mujer.
TURÍN:       Como tú no digas "sí,"
          ¿quién te puede cautivar?
LISEO:    Verla ¿no me ha de matar;
          aunque es basilisco en mí?              
TURÍN:       No, señor.
LISEO:                   También advierte
          que, siendo tan entendida
          Nise, me dará la vida,
          si ella me diere la muerte.
 
Vanse los dos
Salen OCTAVIO y MISENO
OCTAVIO:     ¿Ésa fue la intención que tuvo Fabio?
MISENO:   Parece que os quejéis.
OCTAVIO:                 ¡Bien mal emplea
          mi hermano tanta hacienda!  No fue sabio.
          Bien es que Fabio, y que no sabio sea.
MISENO:   Si en dejaros hacienda os hizo agravio,
          vos propio lo juzgad.
OCTAVIO:                 Dejó a Finea,            
          a título de simple, tan gran renta
          que a todos, hasta agora, nos sustenta. 
MISENO:      Dejóla a la que más le parecía,
          de sus sobrinas.
OCTAVIO;                 Vos andáis discreto,
          pues a quien heredó su bobería    
          dejó su hacienda para el mismo efeto.
MISENO:   De Nise la divina gallardía,
          las altas esperanzas y el conceto
          os deben de tener apasionado.
          ¿Quién duda que le sois más inclinado?
OCTAVIO:     Mis hijas son entrambas; mas yo os juro
          que me enfadan y cansan, cada una
          por su camino.  Cuando más procuro
          mostrar amor e inclinación a alguna,   
          si ser Finea simple es caso duro,             
          ya lo suplen los bienes de fortuna
          y algunos que le dio Naturaleza,
          siempre más liberal, de la belleza;
             pero ver tan discreta y arrogante
          a Nise, más me pudre y martiriza,       
          y que, de bien hablada y elegante,
          el vulgazo la aprueba y soleniza.
          Si me casara agora --y no te espante
          esta opinión, que alguno lo autoriza--,
          de dos extremos; boba o bachillera,           
          de la boba elección, sin duda, hiciera.
MISENO:      ¡No digáis tal, por Dios!, que están sujetas
          a no acertar en nada.
OCTAVIO:                    Eso es engaño;
          que yo no trato aquí de las discretas;
          sólo a las bachilleras desengaño.      
          De una casada son partes perfetas
          virtud y honestidad.
MISENO:                    Parir cada año,
          no dijérades mal, si es argumento
          de que vos no queréis entendimiento.
OCTAVIO:     Está la discreción de una casada    
          en amar y servir a su marido;
          en vivir recogida y recatada,
          honesta en el hablar y en el vestido;
          en ser de la familia respetada,
          en retirar la vista y el oído,          
          en enseñar los hijos, cuidadosa;
          preciada más de limpia que de hermosa.
             ¿Para qué quiero yo que, bachillera,
          la que es propia mujer concetos diga?
          Esto de Nise por casar me altera;             
          lo más, como los menos, me fatiga;
          resuélvome en dos cosas que quisiera;
          pues la virtud es bien que el medio siga
          que Finea supiera más que sabe,
          y Nise menos.
MISENO:                  Habláis cuerdo y grave.       
OCTAVIO:     Si todos los extremos tienen vicio,
          yo estoy, con justa causa, descontento.
MISENO:   ¿Y qué hay  de vuestro yerno?
OCTAVIO:                              Aquí el oficio
          de padre y dueño alarga el pensamiento.
          Caso a Finea; que es notable indicio          
          de las leyes del mundo, al oro atento.
          Nise, tan sabia, docta y entendida,
          apenas halla un hombre que la pida;
             y por Finea, simple, por instantes
          me solicitan tantos pretendientes,            
          del oro, más que del ingenio, amantes,
          que me cansan amigos y parientes.
MISENO:   Razones hay, al parecer, bastantes.
OCTAVIO:  Una hallo yo, sin muchas aparentes,
          y es el buscar un hombre en todo estado,
          lo que le falta más, con más cuidado.
MISENO:      Eso no entiendo bien.
OCTAVIO:                     Estadme atento.
          Ningún hombre nacido a pensar viene
          que le falta, Miseno, entendimiento,
          y con esto no busca lo que tiene;             
          ve que el oro le falta y el sustento,
          y piensa que buscalle le conviene,
          pues como ser la falta el oro entienda,
          deja el entendimiento y busca hacienda.
MISENO:      ¡Piedad del cielo!  Que ningún nacido
          se queje de faltarle entendimiento.
OCTAVIO:  Pues a muchos que nunca lo han creído,
          les falta, y son sus obras argumento.
MISENO:   Nise es aquésta.
OCTAVIO:                 Quítame el sentido
          su desvanecimiento.
MISENO:                  Un casamiento                  
          os traigo yo.
OCTAVIO:               Casémosla; que temo
          alguna necedad, de tanto extremo.
 
Vanse los dos.  Salen NISE y CELIA, criada
NISE:        ¿Dióte el libro?
CELIA:                    ¡Y tal que obliga
          a no abrille ni tocalle!
NISE:     Pues, ¿por qué?
CELIA:                  Por no ensucialle,              
          si quieres que te lo diga. 
             En cándido pergamino
          vienen muchas flores de oro.
NISE:     Bien lo merece Heliodoro,
          griego poeta divino.                          
CELIA:       ¿Poeta?  Pues parecióme
          prosa.
NISE:             También hay poesía
          en prosa.
CELIA:              No lo sabía.
          Miré el principio y cansóme.
NISE:        Es que no se da a entender,                
          con el artificio griego,
          hasta el quinto libro, y luego
          todo se viene a saber;
             cuanto precede a los cuatro.
CELIA:    En fin, ¿es poeta en prosa?               
NISE:     Y de una historia amorosa,
          digna de aplauso y teatro.
             Hay dos prosas diferentes;
          poética e historial;
          la historial, lisa y leal,                  
          cuenta verdades patentes,
             con frase y términos claros;
          la poética es hermosa,
          varia, culta, licenciosa,
          y escura aun a ingenios raros.                
             Tiene mil exornaciones
          y retóricas figuras.
CELIA;    Pues, ¿de cosas tan escuras
          juzgan tantos?
NISE:                    No le pones,
             Celia, pequeña objeción;       
          pero así corre el engaño
          del mundo.
 
Salen FINEA, dama con unas cartillas, 
y RUFINO, maestro
FINEA:               ¡Ni en todo el año
          saldré con esa lección!
CELIA:       Tu hermana con su maestro.
NISE:     ¿Conoce las letras ya?                     
CELIA:    En los principios está.
RUFINO:   ¡Paciencia, y no letras, muestro!
             ¿Qué es ésta?
FINEA:                       Letra será.
RUFINO:   ¿Letra?
FINEA:              Pues, ¡es otra cosa?
RUFINO:   No, sino el Alba. ¡Qué hermosa       Aparte
          bestia!)
FINEA:              Bien, bien.  Sí, ya, ya;
             el alba debe de ser,
          cuando andaba entre las coles.
RUFINO:   Ésta es "k".  Los españoles
          no la solemos poner                           
             en nuestra lengua jamás.
          Úsanla mucho alemanes
          y flamencos.
FINEA:                  ¡Qué galanes
          van todos éstos detrás!
RUFINO:      Éstas son letras también.      
FINEA:    ¿Tantas hay?
RUFINO:                  Veintitrés son.
FINEA:    Ahora vaya de lición;
          que yo la diré muy bien.
RUFINO:      ¿Qué es ésta?
FINEA:                       Aquésta no sé.
RUFINO:   ¿Y ésta?
FINEA:              No sé qué responda.     
RUFINO:   ¿Y ésta?
FINEA:              ¿Cuál?  ¿Ésta, redonda?
          ¡Letra!
RUFINO:           ¡Bien!
FINEA:                   ¿Luego, acerté?
RUFINO:      ¡Linda bestia!
FINEA:                     ¡Así, así!
          Bestia, ¡por Dios!, se llamaba;
          pero no se me acordaba.                       
RUFINO:   Ésta es erre, y ésta es i.
FINEA:       Pues, ¿si tú lo traes errado...? 
NISE:     (¡Con qué pesadumbre están!)      Aparte>
RUFINO:   Di aquí:  b, a, n; ban.
FINEA:    ¿Dónde vas?
RUFINO:              ¡Gentil cuidado!               
FINEA:       ¿Que se van, no me decías?
RUFINO:   Letras son.  ¡Míralas bien!
FINEA:    Ya miro.
RUFINO:            B, e, n; ven.
FINEA:    ¿Adónde?
RUFINO:             ¡Adónde en mis días
             no te vuelva más a ver!              
FINEA:    ¿Ven, no dices?  Pues ya voy.
RUFINO:   ¡Perdiendo el jüicio estoy!
          ¡Es imposible aprender!
             ¡Vive Dios, que te he de dar
          una palmeta!
 
Saca una palmeta
FINEA:                 ¿Tú, a mí?       350
RUFINO:   ¡Muestra la mano!
FINEA:                     Hela aquí.
RUFINO:   ¡Aprende a deletrear!
FINEA:       ¡Ay, perro!  ¿Aquesto es palmeta?
RUFINO:   Pues, ¿qué pensabas?
FINEA:                       ¡Aguarda!...
NISE:     ¡Ella le mata!
CELIA:                   Ya tarda                      
          tu favor, Nise discreta.
RUFINO:      ¡Ay, que me mata!
NISE:                    ¿Qué es esto?
          ¿A tu maestro...?
FINEA:                   Hame dado
          causa.
NISE:            ¿Cómo?
FINEA:                  Hame engañado.
RUFINO:   ¿Yo, engañado?
NISE:                   ¡Dila presto!               
FINEA:       Estaba aprendiendo aquí
          la letra bestia y la k...
NISE:     La primera sabes ya.
FINEA:    Es verdad, ya la aprendí.
             Sacó un zoquete de palo              
          y al cabo una media bola;
          pidióme la mano sola
          --¡mira que lindo regalo!--,
             y apenas me la tomó,
          cuando, ¡zas! la bola asienta,            
          que pica como pimienta,
          y la mano me quebró.  
NISE:        Cuando el discípulo ignora,
          tiene el maestro licencia
          de castigar.
FINEA:                   ¡Linda ciencia!            
RUFINO:   Aunque me diese, señora,
             vuestro padre cuanto tiene,
          no he de darle otra lección.
 
Vase RUFINO
CELIA:    ¡Fuése!
NISE:              No tienes razón.
          Sufrir y aprender conviene.                   
FINEA:       Pues, ¿las letras que allí están,
          yo no las aprendo bien?
          Vengo cuando dicen ven,
          y voy cuando dicen van.
             ¿Qué quiere, Nise, el maestro,       
          quebrándome la cabeza
          con ban, bin, bon?
CELIA:                   (¡Ella es pieza                   Aparte
          de rey!)
NISE:               Quiere el padre nuestro
             que aprendamos.
FINEA:                   Yo ya sé
          el Padrenuestro.
NISE:                       No digo                    
          sino el maestro; y el castigo
          por darte memoria fue.
FINEA:       Póngame un hilo en el dedo
          y no aquel palo en la palma.
CELIA:    Mas que se te sale el alma,                  
          si lo sabe.
FINEA:                 ¡Muerta quedo!
             ¡Oh, Celia!  No se lo digas,
          y verás qué te daré.
  
Sale CLARA, criada
CLARA:    ¡Topé contigo, a la fe!
NISE:     Ya, Celia, las dos amigas                     
             se han juntado.
CELIA:                   A nadie quiere
          más, en todas las crïadas.
CLARA:    ¡Dadme albricias, tan bien dadas
          como el suceso requiere!
FINEA:       Pues, ¿de qué son?
CLARA:                     Ya parió               
          nuestra gata la Romana.
FINEA:    ¿Cierto, cierto?
CLARA:                     Esta mañana.
FINEA:    ¿Parió en el tejado?
CLARA:                     No.
FINEA:       ¿Pues dónde?
CLARA:                    En el aposento.
          ¡Qué cierto se echó de ver        
          su entendimiento!
FINEA:                   ¡Es mujer
          notable!
CLARA:              Escucha un momento:
 
             Salía, por donde suele,
          el sol muy galán y rico,
          con la librea del rey                         
          colorado y amarillo;
          andaban los carretones
          quitándole el romadizo
          que da la noche a Madrid;
          aunque no sé quién me dijo        
          que era la calle Mayor
          el soldado más antiguo,
          pues nunca el mayor de Flandes
          presentó tantos servicios;
          pregonaban aguardiente,                       
          agua biznieta del vino,
          los hombres Carnestolendas,
          todos naranjas y gritos;
          dormían las rentas grandes,
          despertaban los oficios,                     
          tocaban los boticarios
          sus almireces a pino,
          cuando la gata de casa
          comenzó, con mil suspiros,
          a decir: "¡Ay, ay, ay, ay!            
          Que quiero parir, marido."
          Levantóse Hociquimocho,
          y fue corriendo a decirlo
          a sus parientes y deudos;
          que deben de ser moriscos,                  
          porque el lenguaje que hablaban,
          en tiple de monacillo,
          si no es jerigonza entre ellos,
          no es español ni latino.
          Vino una gata viuda,                          
          con blanco y negro vestido
          --sospecho que era su agüela--
          gorda y compuesta de hocico;
          y si lo que arrastra honra,
          como dicen los antiguos,                      
          tan honrada es por la cola                   
          como otros por sus oficios.
          Trújole cierta manteca,
          desayunóse y previno
          en qué recibir el parto.                
          Hubo temerarios gritos.
          No es burla.  Parió seis gatos
          tan remendados y lindos,
          que pudieran, a ser pías,
          llevar el coche más rico.               
          Regocijados, bajaron
          de los tejados vecinos
          caballetes y terrados,
          todos lo deudos y amigos:
          Lamicola, Arañizaldo,                   
          Marfuz, Marramao, Micilo,
          Tumbahollín, Mico, Miturrio,
          Rabicorto, Zapaquildo,
          unos vestidos de pardo,
          otros de blanco vestidos,                     
          y otros con forros de martas,
          en cueras y capotillos.                      
          De negro vino a la fiesta
          el gallardo Golosino;
          luto que mostraba entonces                    
          de su padre el gaticidio.
          Cuál la morcilla presenta;
          cuál el pez, cuál el cabrito,
          cuál el gorrión astuto,
          cuál el simple palomino.                
          Trazando quedan agora,
          para mayor regocijo
          en el gatesco senado,
          correr gansos cinco a cinco.
          Ven presto, que si los oyes,                 
          dirás que parecen niños,
          y darás a la parida
          el parabién de los hijos.
FINEA:    ¡No pudieras contar
          cosa, para el gusto mío,                
          de mayor contentamiento!
CLARA:    Camina.
FINEA:            Tras ti camino.
 
Vanse FINEA y CLARA
NISE:        ¿Hay locura semejante?
CELIA:    Y Clara es boba también.
NISE:     Por eso la quiere bien.                       
CELIA:    La semejanza es bastante;
             aunque yo pienso que Clara
          es más bellaca que boba.
NISE:     Con esto la engaña y roba.
 
Salen DUARDO, FENISO, y LAURENCIO, caballeros
DUARDO:   Aquí, como estrella clara,              
             a su hermosura nos guía.
FENISO:   Y aun es del sol su luz pura.
LAURENCIO:   ¡Oh, reina de la hermosura!
DUARDO:   ¡Oh, Nise!
FENISO:              ¡Oh, señora mía!
NISE:        ¡Caballeros!
LAURENCIO:                     Esta vez,                
          por vuestro ingenio gallardo,
          de un soneto de Eduardo
          os hemos de hacer jüez.
NISE:        ¿A mí, que doy de Finea
          hermana y sangre?
LAURENCIO:                     A vos sola,              
          que sois sibila española,
          no cumana ni eritrea;
             a vos, por quien ya las gracias
          son cuatro, y las musas diez,
          es justo haceros jüez.                    
NISE:     Si ignorancias, si desgracias
             trujérades a juzgar,
          era justa la elección.
FENISO:   Vuestra rara discreción,
          imposible de alabar,                          
             fue justamente elegida.
          Oíd, señora, a Eduardo.
NISE:     ¡Vaya el soneto!  Ya aguardo,
          aunque de indigna, corrida.
 
DUARDO:      La calidad elementar resiste               
          mi amor, que a la virtud celeste aspira
          y en las mentes angélicas se mira,
          donde la idea del calor consiste.
             No ya como elemento el fuego viste
          el alma, cuyo vuelo al sol admira;            
          que de inferiores mundos se retira
          adonde el serafín ardiendo asiste.
             No puede elementar fuego abrasarme.
          La virtud celestial que vivifica
          envidia al verme a la suprema alzarme;        
             que donde el fuego angélico me aplica,
          ¿cómo podrá mortal poder tocarme;
          que eterno y fin, contradicción implica?
 
NISE:        Ni una palabra entendí.
DUARDO:   Pues en parte se leyera                       
          que más de alguno dijera
          por arrogancia:  "Yo sí".
             La intención o el argumento
          es pintar a quien ya llega,
          libre del amor que ciega,                     
          con luz del entendimiento
             a la alta contemplación
          de aquel puro amor sin fin,
          donde es fuego el serafín.
NISE:     Argumento e intención                   
             queda entendido.
LAURENCIO:                    ¡Profundos
          conceptos!
NISE:                    ¡Mucho le esconden!
DUARDO:   Tres fuegos, que corresponden,
          hermosa Nise, a tres mundos,
             dan fundamento a los otros.                
NISE:     ¡Bien los podéis declarar!
DUARDO:   Calidad elementar
          es el calor en nosotros;
             la celestial, es virtud
          que calienta y que recrea,                    
          y la angélica es la idea
          del calor.
NISE:                  Con inquietud
             escucho lo que no entiendo.
DUARDO:   El elemento en nosotros
          es fuego.
NISE:                  ¿Entendéis vosotros?       
DUARDO:   El puro sol que estáis viendo,
             en el cielo fuego es;
          y fuego el entendimiento
          seráfico; pero siento
          que así difieren los tres:              
             que el que elementar se llama,
          abrasa cuando se aplica;
          el celeste, vivifica,
          y el sobreceleste, ama. 
NISE:        No discurras, por tu vida;                 
          vete a escuelas.
DUARDO:                   Dónde estás
          lo son.
NISE:              ¡Yo no escucho más,
          de no entenderte, corrida!
             ¡Escribe fácil!
DUARDO:                  Platón,
          a lo que en cosas divinas                     
          escribió, puso cortinas
          que, tales como éstas, son
             matemáticas figuras
          y enigmas.
NISE:               ¡Oye, Laurencio!
FENISO:   Ella os ha puesto silencio.                   
DUARDO:   Temió las cosas escuras.
FENISO:      ¡Es mujer!
DUARDO:                 La claridad
          a todos es agradable,
          que se escriba o que se hable.
 
Hablan aparte NISE y LAURENCIO
NISE:     ¿Cómo va de voluntad?               
LAURENCIO:   Como quien la tiene en ti.
NISE:     Yo te la pago muy bien.
          No traigas contigo a quien
          me eclipse el hablarte ansí.
LAURENCIO:   Yo, señora, no me atrevo             
          por mi humildad, a tus ojos;
          que, dando en viles despojos
          se afrenta el rayo de Febo;
             pero si quieres pasar
          al alma, hallarásla rica                
          de la fe que amor publica.
NISE:     Un papel te quiero dar;
             pero, ¿cómo podrá ser
          que de estos visto no sea?
LAURENCIO:   Si en lo que el alma desea                 
          me quieres favorecer
             mano y papel podré aquí
          asir juntos, atrevido
          como finjas que has caído. 
 
Cae
NISE:     ¡Jesús!
LAURENCIO:               ¿Qué es eso?
NISE:                               ¡Caí!                
LAURENCIO:   Con las obras respondiste.
NISE:     Ésas responden mejor;
          que no hay sin obras amor.
LAURENCIO:Amor en obras consiste.
NISE:        Laurencio mío, adiós queda.    
          Duardo y Feniso, adiós.
DUARDO:   Que tanta ventura a vos
          como hermosura os conceda.

LA PAREDES OYEN JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LA PAREDES OYEN


Texto basado en la edición príncipe de LAS PAREDES OYEN en PARTE PRIMERA DE LAS COMEDIAS DE DON JUAN RUIZ DE ALARCÓN (Madrid; Juan González, 1628). Fue preparado por Vern Williamsen y luego pasado a su forma electrónica en 1998.

Personas que hablan en ella:
  • Don MENDO, galán
  • Don JUAN, galán
  • El DUQUE, galán
  • El CONDE, galán
  • LEONARDO, criado
  • BELTRÁN, gracioso
  • Doña ANA, dama viuda
  • Doña LUCRECIA, dama
  • CELIA, criada
  • ORTIZ, escudero
  • Otro ESCUDERO
  • MARCELO, criado del duque
  • FABIO, criado del duque
  • Una MUJER
  • Cuatro ARRIEROS

ACTO PRIMERO


Salen don JUAN, vestido llanamente, y BELTRÁN
JUAN: Tiéneme desesperado, Beltrán, la desigualdad, si no de mi calidad, de mis partes y mi estado. La hermosura de doña Ana, el cuerpo airoso y gentil bella emulación de abril, dulce envidia de Dïana, mira tú, ¿cómo podrán dar esperanza al deseo de un hombre tan pobre y feo y de mal talle, Beltrán? BELTRÁN: A un Narciso cortesano, un humano serafín resistió un siglo, y al fin la halló en brazos de un enano, y, si las historias creo y ejemplos de autores graves --pues, aunque sirviente, sabes que a ratos escribo y leo-- me dicen que es ciego Amor, y sin consejo se inclina; que la emperatriz Faustina quiso un feo esgrimidor; que mil injustos deseos, puestos locamente en ella, cumplió Hipia, noble y bella, de hombres humildes y feos. JUAN: Beltrán, ¿para qué refieres comparaciones tan vanas? ¿No ves que eran más livianas que bellas esas mujeres, y que en doña Ana es locura esperar igual error, en quien excede el honor al milagro de hermosura? BELTRÁN: ¿No eres don Juan de Mendoza? Pues doña Ana ¿qué perdiera cuando la mano te diera? JUAN: Tan alta fortuna goza, que nos hace desiguales la humilde en que yo me veo. BELTRÁN: Que diste en el punto, creo, de que proceden tus males. Si Fortuna en tu humildad con un soplo te ayudara, a fe que te aprovechara la misma desigualdad. Fortuna acompaña al dios que amorosas flechas tira; que en un templo los de Egira adoraban a los dos. Sin riqueza ni hermosura pudieras lograr tu intento; siglos de merecimiento trueco a puntos de ventura. JUAN: Eso mismo me acobarda. Soy desdichado, Beltrán. BELTRÁN: Trocar las manos podrán Fortuna y Amor. Aguarda. JUAN: Si a don Mendo hace favor, ¿qué esperanza he de tener? BELTRÁN: En ése echarás de ver que es todo fortuna amor. A competencia lo quieren doña Ana y doña Teodora; doña Lucrecia lo adora; todas, al fin, por él mueren. Jamás el desdén gustó. JUAN: Es bello y rico el mancebo. BELTRÁN: ¡Cuánto mejor era Febo! Y Dafnes lo desdeñó. Y, cuando no conociera otro en perfección igual, aquesto de decir mal ¿es defecto como quiera? JUAN: Y ¿no es eso murmurar? BELTRÁN: Esto es decir lo que siento. JUAN: Lo que siente el pensamiento no siempre se ha de explicar. BELTRÁN: Decir... JUAN: Que calles te digo; y ten por cosa segura que tiene, aquél que murmura, en su lengua su enemigo. BELTRÁN: Entre tus desconfïanzas, en su casa entrar te veo; sin duda que el gran deseo engaña tus esperanzas. Veste en desierto lugar, y no cesas de dar voces, y, aunque tu muerte conoces, nadas en medio del mar. JUAN: Lo que en gran tiempo no ha hecho, hace Amor en solo un día, venciendo al fin la porfia. BELTRÁN: Que te sucede sospecho lo que al tahur, que en perdiendo, solamente con decir "¡que no sepa yo gruñir!" está sin cesar gruñendo. Tú dices que desesperas; y, entre el mismo no esperar, nunca dejas de intentar. ¿Qué más haces cuando esperas? ¿Tú piensas que el esperar es alguna confección venida allá del Japón? El esperar es pensar que puede al fin suceder aquello que se desea; y, quien hace porque sea, bien piensa que puede ser.
JUAN saca una carta
JUAN: Pues si con esta invención en su desdén no hay mudanza, aunque viva mi esperanza morirá mi pretensión. BELTRÁN: El mercader marinero, con la codicia avarienta, cada vïaje que intenta dice que será el postrero. Así tú, cuando imagino que desengañado estás, ya con nuevo intento vas en la mitad del camino. Mas dime. ¿Qué te ha obligado a tratar esta invención para mostrar tu afición pudiendo, con un crïado de su casa, negociar lo que tú vienes a hacer? JUAN: No he de arriesgarme a ofender a quien pretendo obligar; que, como es tan delicada la honra, suele perderse solamente con saberse que ha sido solicitada. Y así, del murmurador pretendo que esté segura mi desdicha o mi ventura, su flaqueza o su valor; que aun a ti mismo callado estos intentos hubiera, si en ti, Beltrán, no tuviera más amigo que cesado. BELTRÁN: ¿Toda esta casa, don Juan, a una mujer aposenta? JUAN: Seis mil ducados de renta, ¿qué alcázar no ocuparán! BELTRÁN: Celia es ésta.
Sale CELIA
CELIA: ¿Qué mandáis, señor don Juan? JUAN: Celia mía, besar las manos querría, si licencia me alcanzáis, a mi señora doña Ana. CELIA: Que será imposible entiendo; porque se está previniendo para partirse mañana a una novena en Alcalá. JUAN: ¿De la corte se desvía cuando el celebrado día de San Juan tan cerca está? CELIA: Para los tristes no hay fiesta. JUAN: Pues, Celia, verla me importa. La visita será corta; sólo le quiero dar ésta que le ha venido en un pliego, y me dice quien la envía que sólo de mí confía el darla. CELIA: Yo salgo luego.
Vase CELIA
BELTRÁN: No hay pobre con calidad: si un villano rico fueras, a fe que nunca tuvieras en verla dificultad. JUAN: Si ella está tan de camino, que es justa la excusa creo. BELTRÁN: "Lo que con los ojos veo..." JUAN: Malicioso desatino. BELTRÁN: ¿Cuánto va que no la ves? JUAN: De no alcanzar no se ofende quien lo difícil emprende. Mas doña Ana es muy cortés. BELTRÁN: Y agora ¿qué hemos de hacer? Que ella se parte a Alcalá. JUAN: En tanto que ausente está, aguardar y padecer BELTRÁN: Bueno fuera acompañarla. JUAN: Si como quien soy pudiera, forzoso el hacerlo fuera, si así entendiese obligarla; mas ni me ayuda el poder. ni ella lo agradecería, por la nota que daría si se llegase a entender, BELTRÁN: Ella sale. JUAN: Di, Beltrán, que la Aurora bella y clara.
Salen Doña ANA, viuda, y CELIA, y habla a CELIA aparte
ANA: ¡Ay, Celia, y qué mala cara y mal talle de don Juan! JUAN: Aunque me dijo, señora, Celia vuestra ocupación --Con que fuera más razón el no estorbaros agora--,
Dale la carta
la importancia contenida en esta carta que os doy, me disculpa. ANA: Nunca estoy, señor don Juan, impedida para recibir merced de tan noble caballero. JUAN: Vuestro soy. Respuesta espero. Si sois servida, leed. ANA: Ser descortés me mandáis. JUAN: Leed, que importa una vida que cerca está de perdida si remedio no le dais. ANA: Si está su defensa en mí, la pena y temor dejad. JUAN: El caso es grave. Mandad que estemos solos aquí; que tenemos que tratar, y el secreto es importante. ANA: Dejadnos solos. BELTRÁN: (Amante Aparte fué el inventor de engañar.)
Vanse BELTRÁN y CELIA
JUAN: Pues contigo solo estoy, porque mi recato veas,
Va a leer doña ANA, y detiénela
oye, señora: no leas; que la carta viva soy. Que me atreva, no te altere, pues estoy solo contigo, y un agravio sin testigo al punto que nace muere. Desde que la vez primera vi la luz de tu arrebol dos veces la ha dado el sol a los signos de su esfera. Como al que el rayo tocó de Júpiter vengativo, por gran tiempo muerto, vivo en un instante quedó; como aquel que la cabeza de la Gorgona miraba, por un peñasco trocaba la humana naturaleza; tal en viéndote me veo, tan absorto y admirado, que en admirarme ocupado, no doy lugar al deseo; que esos divinos despojos tanta gloria me mostraron, que al punto me arrebataron toda el alma por los ojos. ANA: Tened, don Juan. Eso ¿para todo en que amor me tenéis? JUAN: No, porque ya lo sabéis, y en vano el tiempo gastara. ANA: ¿En que os morís? JUAN: No, señora, pues ni en morir parará; que en el alma vivirá el amor que os tengo agora. ANA: ¿Pára en pedirme que os quiera? JUAN: Ni llega, señora, ahí, que no hay méritos en mí para que a tal me atreviera. ANA: Pues decid lo que queréis. JUAN: Quiero... Sólo sé que os quiero, y que remedio no espero, viendo lo que merecéis. Como el mísero doliente, en el lecho fatigado, a cualquier parte inclinado los mismos dolores siente. y, por huir del tormento, que en cada lado es mayor, busca alivio a su dolor en el mismo movimiento. Así yo con mi cuidado vengo a vos, dueño querido, no de esperanza inducido, sino de dolor forjado, por no morir con callarlo, no por sanar con decirlo; que es imposible el sufrirlo como lo es el remediarlo. Y así, no os ha de ofender que me atreva a declarar, pues va junto el confesar que no os puedo merecer. ANA: ¿Queréis más? JUAN: ¿Qué más que a vos? Si entender queréis mi estado, en que os quiero está cifrado. ANA: Pues, señor don Juan, adiós. JUAN: Tened. ¿No me respondéis? ¿De esta suerte me dejáis? ANA: ¿No habéis dicho que me amáis? JUAN: Yo lo he dicho, y vos lo veis. ANA: ¿No decís que vuestro intento no es pedirme que yo os quiera, porque atrevimiento fuera? JUAN: Así lo he dicho y lo siento. ANA: ¿No decís que no tenéis esperanza de ablandarme? JUAN: Yo lo he dicho. ANA: ¿Y que igualarme en méritos no podéis, vuestra lengua no afirmó? JUAN: Yo lo he dicho de ese modo. ANA: Pues, si vos lo decís todo, ¿qué queréis que os diga yo?
Vase doña ANA
JUAN: ¡Oh! venga la muerte, acabe con vida tan desdichada, que sólo puede su espada remediar pena tan grave. ¿Qué delito cometí en quererte, ingrata fiera? ¡Quiera Dios!... Pero no quiera; que te quiero más que a mí.
Salen CELIA y BELTRÁN
CELIA: ¡Ah, desdichado don Juan! BELTRÁN: Ayúdale. CELIA: ¡A Dios pluguiera que mi voluntad valiera!
Vase CELIA
BELTRÁN: Pues, ¿qué tenemos? JUAN: Beltrán, la verdad huyo; a la esperanza pido engaños que alimenten mi deseo; eternos contra mí imposibles veo; nado en un golfo, ni de un leño asido. Con el vuelo de amor más atrevido, no subo un paso; y aunque más peleo, al fin vencido soy de lo que creo, vencedor sólo en lo que soy vencido. Así, desesperado victorioso, niego al deseo engaños, y a la gloria más vivo anhela, si su muerte sigo. ¡Triste, donde es el no esperar forzoso, donde el desesperar es la vitoria, donde el vencer da fuerza al enemigo! BELTRÁN: ¡Triste, donde es forzoso andar contigo, donde hallar qué comer es gran vitoria, donde el cenar es siempre de memoria!
Vanse don JUAN y BELTRÁN. Salen el CONDE, don MENDO y ORTIZ, escudero
MENDO: A mi señora Lucrecia dad, Ortiz, ese papel.
Dale un papel a ORTIZ
ORTIZ: Guárdeos Dios.
Vase ORTIZ
MENDO: Cosa crüel. Conde, es una mujer necia. CONDE: ¿Cómo? MENDO: Con celos y amor sale Lucrecia de sí. CONDE: ¿Con causa don Mendo? MENDO: Sí; mas tanto el yerro es mayor. Si por doña Ana estoy ciego. ella ¿qué ha de remediar con reñir y con celar, sino añadir fuerza al fuego? CONDE: (¡Quieran, Lucrecia, los cielos Aparte que te mude esta mudanza, y a mi perdida esperanza abran la puerta tus celos!) Y vos ¿qué le respondéis? MENDO: Nunca el negar hizo daño. CONDE: Mejor fuera el desengaño, si en otra parte queréis. MENDO: Dañarme, Conde, podría; que su amor causó en mi pecho terrible incendio, y sospecho que hay centellas todavía. Y quien antiguo cuidado arraigado al alma tiene, ha de obligar el que viene sin despedir el pasado; que mil veces se agradó de la novedad Cupido, y vuelve a buscar, rendido, lo que arrogante dejó. CONDE: Avariento sois de amor. MENDO: Más el de doña Ana estimo. CONDE: Y ella ¿os quiere? MENDO: Pienso, primo, que merezco su favor. CONDE: ¿Que hay de Teodora? MENDO: Quería que yo fuese su marido, como si hubieran nacido mis abuelos en Turquía. CONDE: Sin ser loca, yo no creo que ninguna mujer pida la esclavitud de una vida por la muerte de un deseo. MENDO: Pues ya, después que mi amor sacó pies amedrentado, en ella crece el cuidado y, al paso de él, mi rigor. Ya, sin esa condición, estimara mis favores. CONDE: Dichoso sois en amores. MENDO: En el signo de León, Marte y Venus concurrieron de mi nacimiento el día; y, si hay cierta astrología, ellos amable me hicieron. Mas, adiós primo, que es tarde y a doña Ana quiero ver; que hoy su sol se va a poner en Alcalá. CONDE: Dios os guarde.
Vase el CONDE. Sale LEONARDO
LEONARDO: El coche a la puerta está; que ya se parte imagino. MENDO: Tenme el coche de camino a la puerta de Alcalá. Parta al punto el repostero y encárgales, por mi vida, que esté a punto la comida en la venta de Vivero. Haz cómo doña Ana vea en mi prevención mi amor. LEONARDO: Toda tu gente, señor, su vida en tu gusto emplea.
Vanse don MENDO y LEONARDO. Salen doña ANA, de camino, y CELIA
ANA: ¿De qué vas triste? ¿De qué lo van todas mis doncellas? Habla, dime sus querellas. CELIA: Señora, verdad diré, pues obligación me pones. Tienen tus crïadas todas en la esperanza sus bodas y en la corte sus pasiones; y, como de aquí a seis días es la noche de San Juan --cuando los amantes dan indicios de sus porfías-- sienten el ver que esa noche en la corte no han de estar. ANA: Pues pierdan, Celia, el pesar; que, por la posta, en un coche conmigo entonces vendrán. Porque se alegre mi gente gozaré secretamente de la noche de San Juan, y volveréme a la aurora a proseguir mis novenas. CELIA: Alivie el cielo tus penas. Mas ¿no era mejor, señora, dilatar esta partida? ANA: Si sabes que estoy muriendo por dar la mano a don Mendo, y no hay cosa que lo impida sino el cumplir las novenas que a San Diego prometí, ¿dilataré, estando así, el remedio de mis penas? Con esta trata que doy ninguna queda quejosa. CELIA: Hágate el cielo dichosa. A darles la nueva voy. ANA: Encárgales, por mi vida, el secreto. CELIA: Así lo haré. Don Mendo viene.
Vase CELIA
ANA: Tendré buen agüero en la partida.
Sale don MENDO, de color
MENDO: Los campos de Alcalá, bella señora, desdeñan los favores del verano, y de la fértil Flora no solicitan ya la diestra mano, después que primaveras les reparte la dichosa esperanza de mirarte. Los arroyos--que esperan ser espejos en quien de esos dos soles celestiales se miren los reflejos transforman sus corrientes en cristales; y el agua, en cambio de besarlos, grata hace a tus blancos pies puente de plata. Al nuevo sol que nace agradecidas, en verdes ramos las cantoras aves, a coros divididas, dando a los vientos músicas süaves, para explicar la gloria de este día articular intentan su armonía. Parte ¡o feliz! que el céfiro süave lisonjear pretende codicioso la rodadora nave, de nueva Europa Júpiter dichoso, por quien, en Indias vuelto Manzanares, España de sus glorias hace a Henares. Parte ¡o primero móvil adorado!, de quien siguiendo voy el movimiento, si bien arrebatado --pues tras mi centro corro--, no violento, que yo, si lo merezco, gloria mía, voy a ser el lucero de ese día. ANA: Los campos de esperanza matizados, la consonancia dulce de las aves, los cristales cuajados, las lisonjas del céfiro süaves, en nada estimo; y estimara sólo llevar por mi lucero al mismo Apolo. Mas, cuando el corazón lo solicita, forzosa acción de amor correspondiente, ni el honor acredita, ni el estado que tengo lo consiente. MENDO: Es imán de mis ojos tu presencia. ANA: Justo efecto de Amor es la obediencia. MENDO: ¿Sin ti quieres dejarme? ANA: Yo, don Mendo, parto sin ti. MENDO: ¿Qué mucho? Vas helada cuando yo quedo ardiendo. ANA: ¡Segura fuese yo, como abrasada! MENDO: No me apartes de ti si desconfías. ANA: Vive el recato entre las ansias mías. MENDO: ¿No me llamas tu dueño? ANA: Y de mis ojos, cierta lengua del alma, lo has sabido. MENDO: ¿De quién temes enojos, cuando te adoro yo, de ti querido? ANA: Hasta el "sí" conyugal temo mudanza; que no hay dentro del mar cierta bonanza. En tanto que a mis deudos comunico la dichosa elección de vuestra mano, y devota suplico en Alcalá a su dueño soberano que lleve a fin feliz mi intento nuevo, y las novenas pago que le debo, puede mudarse vuestro amor ardiente y quedar mi opinión en opiniones del vulgo maldiciente, que a lo peor aplica las acciones. MENDO: ¿Mudarme yo? ANA: Temores son de amante. MENDO: Más parecen cautelas de inconstante. Si ya nuevo cuidado te fatiga, el fingido recato, ¿qué pretende? Declárate, enemiga. No el desengaño, la mudanza ofende. Vete segura. Ocuparé entre tanto el alma en celos y la vida en llanto. ANA: Ofendes mi lealtad si desconfías; mas porque de tu error te desengañes, pon secretas espías, prueba mi fe, como mi honor no dañes. MENDO: Confïanza tendré, mas no paciencia, contra el rigor, señora, de tu ausencia.
Sale CELIA
CELIA: Doña Lucrecia, señora, viene a visitarte. ANA: ¿Quién? CELIA: Tu prima. MENDO: (A impedir mi bien Aparte la trae mi desdicha agora.)
Sale doña LUCRECIA, con manto, y ORTIZ
LUCRECIA: No quise, prima, dejar de verte en esta partida. ANA: Ni yo, Lucrecia querida, me partiera sin pasar por tu casa, porque el ver al pasar tu rostro hermoso, fuese presagio dichoso del viaje que he de hacer.
Doña LUCRECIA habla aparte a don MENDO
LUCRECIA: Niégame agora, traidor, las verdades que estoy viendo. ANA: ¿Qué le dices a don Mendo? LUCRECIA: Del vestido de color le pregunto la ocasión; porque de irte a acompañar lo indicia el tiempo y lugar, y fuera galante acción. ANA: Tan alto merecimiento con mi humildad no conviene, y, más que lisonja, tiene malicia ese pensamiento. Mas, si conmigo partiera, de parecer, prima, soy, que, pues yo de negro voy, de color no se vistiera. CELIA: Ya bien te puedes partir, que los coches han venido. ANA: Que no me olvides te pido. LUCRECIA: Por puntos te he de escribir. ANA: Adiós, don Mendo. MENDO: Señora, en el coche os dejaré. ANA: Si alguno en la calle os ve, sospechará lo que agora ha sospechado mi prima. Quedaos y salid después. MENDO: Yo obedezco, y vuestros pies sigue el alma que os estima.
Vanse doña ANA y CELIA. Saca un papel LUCRECIA y muéstraselo a Don MENDO
LUCRECIA: ¿Conoces este papel? MENDO: Yo, Lucrecia, lo escribí. LUCRECIA: Junta lo que has hecho aquí con lo que dices en él. Traidor, fingido, embustero, engañoso, ¿a ti te dan apellido de Guzmán y nombre de caballero? ¿Qué sangre puede tener quien tiene pecho traidor? ¿Es hazaña de valor engañar una mujer? MENDO: Oye, señora... LUCRECIA: No muevas esos fementidos labios; que intentas nuevos agravios con satisfaciones nuevas. MENDO: Pues ¿qué quieres? ¿Condenarme, sin oír satisfación, por sola una presunción? LUCRECIA: ¿Qué disculpa puedes darme? ¿Presunción llamas, traidor, esta tan clara probanza de mi agravio y tu mudanza? MENDO: En lo que fundas mi error fundo la satisfación. ¿No te dijo de mi parte tu escudero, que de hablarte deseaba una ocasión, donde el descargo sabrías del recelo que te abrasa? Tuve aviso de tu casa que a ver tu prima salías, y vine a esperarte aquí, y adelantéme en llegar, por no dar que sospechar viéndome venir tras ti. ¡Mira por qué me condenas! LUCRECIA: ¿De modo que te disculpas multiplicando tus culpas y acrecentando mis penas? Causa doña Ana mi daño, ¡y con hallarte con ella das remedio a mi querella! MENDO: Porque fuese el desengaño en su presencia más fuerte. LUCRECIA: ¿Qué desengaño me diste? MENDO: Como tu pena encubriste, no quise, hablando, ofenderte; mas ten cierta confïanza, para asegurar tus celos, que en el orden de los cielos, antes que en mí, habrá mudanza. Tuyo soy. LUCRECIA: Las obras creo. MENDO: Presto, con la voluntad de tu padre, su verdad te mostrará mi deseo.
Sale el CONDE
CONDE: (¿Dónde hay con celos cordura?) Aparte ¡Lucrecia hermosa! ¡Don Mendo! MENDO: Conde, que venís entiendo traído de mi ventura; que Lucrecia ha de saber de vos lo que hablamos hoy de su amor. CONDE: Testigo soy. MENDO: Eso a solas ha de ser; que pensará que os obligo con mi presencia a abonarme.
Vase don MENDO
LUCRECIA. (¡Tú dejas, para informarme Aparte en tu favor, buen testigo!) CONDE: ¿He de decir la verdad? LUCRECIA: Para eso quedas aquí. CONDE: Pues escúchala de mí, pague o no mi lealtad. Y por prevenir el daño, si acaso no me creyeres, ten secreto lo que oyeres y averigua si es engaño. Que, pues me dijo don Mendo que cuente lo que hoy pasó, cumpliendo lo que él mandó, nadie dirá que le ofendo; que, aunque su intento haya sido que use contigo de engaño, no debo para mi daño darme yo por entendido. Dando hoy para ti un papel don Mendo a Ortiz, tu crïado, desdeñoso y enfadado, me dijo, "¡Cosa crüel, Conde, es una mujer necia¡ Después que a doña Ana di en servir, sale de sí de amor y celos Lucrecia." Yo le dije, "¿No es mejor no engañarla?" Y respondió, "Mil veces lo que dejó volvió a desear amor, Y este caso previniendo, nada pierdo en conservalla." LUCRECIA: ¿Qué enredos inventas? Calla. ¿Tal pudo decir don Mendo? ¿Que tu afición agradezca quieres así disponer? ¿Piensas que te he de querer aunque a don Mendo aborrezca? CONDE: Oye. LUCRECIA: No me digas nada. CONDE: Averígualo advertida, y dame pena ofendida, o premio desengañada. Y, si por amarte yo, duda en mi verdad has puesto, sírvate de indicio aquesto, ya que de probanza no. Él va tras ella a Alcalá, y no es éste mal testigo del desengaño que digo. Despacha tú quien allá, con cuidado y sin pasión, secretamente lo siga; y, si mi verdad te obliga, premia un leal corazón; que será culpable error que prefiera tu cuidado un engaño averiguado a un averiguado amor. LUCRECIA: La verdad diciendo estás, que si negándola estoy, no es que crédito no doy, sino que pena me das. ¡Ah, falso! ¡Ah, mal caballero! ¡Plega a Dios que, en igual grado amante y desengañado, pruebes el mal de que muero! ¡Pluguiera a Dios, conde mío, pudiera, en esta ocasión, mudarse la inclinación al paso del albedrío! Mas vive cierto, señor, que, si me has dicho verdad, te dará mi voluntad lo que te niega mi amor. CONDE: Yo lo estimo de esa suerte. LUCRECIA: Tanto más me deberás cuanto me forzare más, conde, por corresponderte.
Vanse doña LUCRECIA y el CONDE. Salen don JUAN y BELTRÁN, de noche